viernes, abril 22, 2005

Artículos carcundas: hoy: J M d P

(Tomado de www.riadevigo.com, octubre de 2004)


LA CLASE DE RELIGIÓN

Por JUAN MANUEL DE PRADA

Una vez más, la clase de religión vuelve a convertirse en excusa de trifulcas partidarias. Con la clase de religión ocurre igual que con aquel timbre que provocaba la secreción de saliva en el perro de Paulov: basta mencionarla para que, por un impulso reflejo, a sus detractores se les llene la boca de invocaciones a la Constitución. Nunca entenderé por qué nuestros políticos, para disimular sus fobias y sus manías persecutorias en materia religiosa [¡persecución, persecución...! ¡ah, oh, ah..., persecución...!! ¡vade retro, satánica izquierdona...!], tienen que sacar en romería la zarandeada Constitución; supongo que, a la necesidad de enjuagarse con palabras pomposas (en cualquier momento añadirán que "la clase de religión atenta contra el Estado de Derecho"), se suma una especie de anticlericalismo atávico o la supervivencia de algún trauma infantil. El decreto que desarrolla la Ley de Calidad de Enseñanza mantiene el carácter optativo de la asignatura de Religión; para quienes no deseen que sus hijos reciban una educación confesional, se establece una asignatura de Historia de las Religiones, que impartirán profesores de Historia y Filosofía. Ambas disciplinas serán evaluables y computables para la obtención de la nota media, aunque no se considerarán para la concesión de becas de estudio. No veo por parte alguna la necesidad de ensayar rimbombantes invocaciones a la Constitución, puesto que en nada se infringe la libertad religiosa que en ella se consagra.

A la postre, la reforma gubernativa no se extiende más allá de la consideración de la Religión como disciplina evaluable; y en la creación de una asignatura alternativa seria, que acabe con el cachondeíto en que se habían convertido la asignatura de Religión y los sucedáneos lúdicos inventados para mantener entretenidos a los alumnos que no la cursaban. Quienes se oponen a esta reforma sostienen que no es justo evaluar una materia de índole confesional; pero se olvida que la Religión, además de una elección trascendente, es una rama esencial del conocimiento [vamos, esencialísima, ánde va a parar...], puesto que sobre ella se fundamenta nuestra genealogía cultural [has estao bien, Juan Manolo...!]. Para entender cabalmente los tercetos encadenados de Dante hace falta tener una cultura religiosa [que bien podría acometerse en la asignatura de Historia, sin más historias...]; para hacer inteligible la exposición de Tiziano que estos días asoma al Museo del Prado hace falta una cultura religiosa [que bien podría acometerse en la asignatura de Historia, sin más historias...]; para disfrutar de la música de Bach hace falta una cultura religiosa [que bien podría acometerse en la asignatura de Historia, sin más historias...]. Y, puesto que no estamos hablando de nimiedades, se impone que esa transmisión cultural sea evaluable; no creo que haya asuntos mucho más importantes que hacer partícipes a nuestros hijos de este riquísimo legado.

Considero, pues, inobjetable la existencia de una disciplina que exija unos conocimientos básicos e irrenunciables sobre el fenómeno religioso. Los hombres de mañana no pueden crecer desgajados de su genealogía espiritual y cultural, como si esa herencia incalculable fuese algo inerte; si desterrásemos de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura [te luces, macho, en cada línea te luces y te superas...], estaríamos condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada [Dios mido, no siento las piernas...!]. Y, como católico, deseo que mis hijos reciban una educación acorde con los principios en los que creo [pues ya sabes, majete: mándalos a catequesis en sus ratos libres..., pero no con mis impuestos.]. Puesto que la religión católica es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias, puesto que constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización [y dos huevos duros: nuestra civilización y dos huevos duros], nuestra cultura y nuestra moral [gradúate la vista, colega...], quiero que mis hijos sean instruidos en sus misterios [lo misterioso aquí eres tú, macho, un fenómeno...]. Quiero que sepan que hubo un hombre entreverado de Dios que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana, que dignificó el sufrimiento [¡viva el sufrimiento! ¡viva el Prada!] inmolándose en una cruz. Quiero que ese hombre entreverado de Dios sea la piedra angular de su formación [¡que los mandes a la catequesis, te digo...!]; a nadie perjudico con esta elección y a nadie se la impongo.